“CARTA A UN MALTRATADOR”
Dices que me quieres, más que a nada en el mundo, que sin mí no eres nada. Pero me pegas. Por eso quiero que la próxima vez que nos besemos me tires al suelo y me golpees con la misma fuerza que esas otras veces, con los pies, con los puños, con esa mirada de desconocido que me hace desconocida. No atiendas mis súplicas, llega hasta donde el cansancio te deje, hasta que tú mismo te sientas vapuleado y te pesen las extremidades. Olvídate de las caricias, del recodo de amor que queda cuando nos miramos de seguido, en silencio, olvídate de que vamos a ser felices, de nuestra familia, de todo lo bonito y céntrate en lo que te pido: golpéame. Como si fuera un pelele. Como no te habré dado motivo, si no te sientes capaz, recuerda lo que te llevó a hacerlo en otras ocasiones: las “miradas” al vecino, mi “mala” gestión del dinero... ya sabes, todo este tipo de cosas que te ponen tan nervioso. Quizá te sirva. Después respira, como nosotros, deportistas, sabemos, inspirando por la nariz, despacio, espirando por la boca, vaciando, y así hasta que me veas postrada en el suelo, hasta que las prendas que vista vayan haciéndose familiares a tus ojos. Quizá lleve el vestido verde, ¿recuerdas?, o esos pantalones de la boda de tu primo y que ya son “de diario”... Entonces, antes de marcharte o irte en lágrimas de plañidera, mírame, pero que sea con una cierta distancia, para que encuadres bien toda la escena: las flores caídas, lejos del agua, que también huye; la mesa, las sillas, la alfombra, movidas de tal forma que hacen que la estancia parezca otra... Como presumes de sensibilidad me gustaría que de la situación hicieras un poema, con la ropa manchada de sangre, con el rostro de “tu princesa” amoratado, no sé, tú verás lo que necesitas para que fluya la inspiración. Confío en tu buen hacer, verso suave, envolvente y de lectura lacrimosa, como son los versos de amor. La sinrazón que motivó la fechoría le dará la cadencia y encantamiento del que se revisten las baladas. Seguro que sabes como reflejar tu amor por mí. Fírmalo. Después recoge mi cuerpo y ayúdame a regresar a la vida. Una vez recuperada de las secuelas no me mientes lo sucedido, te lo ruego, guarda la poesía, no quiero verla. Procura que no te influya lo que hayas hecho, como hice yo, que jamás te reproché nada, a pesar de que tus manos iban desfigurando nuestro amor, a pesar de tantas cosas. Cuando pasen los días y ser poeta sea ya cosa de “fin de semana” y yo vuelva a ser “esa” que parece “eso” de lo poco que le hablas y propones. Cuando pasen los días y no me encuentres a tu lado, y te enfurezcas y sientas el deseo de volver a golpearme y así hacerme objeto tuyo, quiero que leas de nuevo el poema que escribiste henchido de pena y anonadado por lo incomprensible de la situación ante aquel “ecce homo”. Así me he sentido yo desde que empezaste a matarme, incluso cuando me abrazabas, invadida de tristeza por la muerte de quien tanto amé y a quien ya no reconozco bajo ningún gesto, de lo marchito y exangüe que estás. Mi palabra será ese día la tuya, ya que la mía ha perdido la forma y el sentido en tu presencia. Quizá tú te comprendas mejor de lo que lo hice yo.
Adiós.
sábado, enero 21, 2006
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