Novelistas compulsivos
El frío se lo come todo ya. Las casas son estómagos en plena digestión de carnes de gallina. Tengo la extraña sensación de no pertenecer a este rincón que me entumece. La calle es otra vez un ir y venir de “desconocidos habituales”. En sus gestos van los míos. Nos miramos. Nos conocemos desde siempre. “El otro” evidencia la edad propia. A veces se escapa un saludo entre dientes, es una mueca que se cae... da un poco de vergüenza, pero una vez desplomada ya no se puede recoger. No importa, mañana le pasará a él. Ambos sabemos que son los síntomas de esa habitualidad llevada al extremo.
Los “desconocidos habituales” lo custodian todo, parecen un ejército de mohais con la misión de sobrevivir al tiempo. En cierto modo tranquiliza la constancia de sus caras en la misma esquina, son una garantía de cordura. La reiteración de su presencia es parte de ese paisaje inamovible que te integra en algún lugar. “El del pan”, “la cajera”, “el gordo”, “la de antaño”, “ese”, “éste”, “aquél”... Su vida es una vida intuida a base de indicios: una carpeta, un coche, una compañía habitual, una cicatriz, un atuendo... Casi sin querer “los otros” van convirtiéndose en personajes inventados y sus vidas en novelas, o “nivolas”, en continuo proceso de creación.
Novelar es la más común de las acciones humanas. Se hace sin querer, compulsivamente. Una mirada es un renglón, un rostro el esquema de un pasado o de un futuro. Unos nos inventamos a otros... y entre todos otros mundos. La propia ciudad parece una ciudad inventada. ¡Qué gran fábula!.... Miras, te miran. ¿Quién seré yo para ti?, te preguntas en el cruce de miradas. Ríes, incluso, de curiosidad, por la infinidad de hipótesis posibles, quizá todas descabelladas. En ocasiones, es divertido tomar conciencia de la propia condición de personaje y romper conscientemente cualquier esquema predeterminado. Otras veces el esquema se rompe por sí solo: una conversación fortuita o un encuentro inesperado en un lugar inesperado, pueden destruir la voz sospechada o la personalidad intuida tras esa cara familiar. Es como si la “realidad” se entrometiera en aquel proceso creativo, en aquel mundo imaginado a base de retazos, para sacar a cada personaje de su implacable clasificación y darle autonomía. Surge entonces la necesidad de revisión de la trama inventada. La “novela” se revela, cobra vida propia, los personajes se hacen personas en un apasionante proceso de metamorfosis. Es una experiencia muy similar a la relatada por Unamuno en aquel pasaje de Niebla, en el que él mismo dialoga con el protagonista de la novela (Augusto Pérez) y se plantea la realidad de su propia existencia. “¿...No seremos todos entes de ficción...?” preguntaba Augusto a su autor. Ahora sé que la respuesta es “sí”, que esto es cosa de todos y que no hay otra opción, que en “los otros” está la pluma que me escribe y en la mía su existencia . Ahora sé que además de lo que uno siente ser, es lo que le inventan, ya sea porque no le entienden, o por esa tendencia humana a la creación, o por simple aburrimiento.
No está de más, sin embargo, como homenaje a uno mismo y como forma de respeto a los demás, agudizar al máximo el ingenio para no caer en la crítica fácil, hecha, chabacana, fruto de una observación superficial o un rumor infundado. Me viene a la cabeza aquella estupenda escena en la que el grandioso Cyrano de Bergerac, consciente de la imposibilidad de silenciar los comentarios despectivos sobre su portentoso apéndice nasal, se enfrenta a los chismosos, con espada en mano y talento a flor de piel y les recrimina no su falta de piedad, sino su falta de arte para hacerla pública.
La calle es un inmenso tránsito de creadores y personajes creados. Todos somos ambas cosas a la vez y por tanto, responsables del encanto de esa ciudad subrepticia, sobre la que marcha la visible.
El frío se lo come todo ya... veo mi rostro de frío en cada “desconocido habitual”. “Juntos otro otoño en este cuento de otoño”, pienso en alguno de esos encontronazos apresurados. Por lo que nos une, hoy quiero saludar desde aquí a los que nunca lo hago y conozco desde siempre... sólo “de vista".
sábado, enero 21, 2006
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