Tiempos de “banda” y “Ella”
En el asiento de atrás de un coche cualquiera, un niño cualquiera sujeta un caudal de lágrimas inmenso. El coche deja atrás el verano más intenso de su vida. Las ruedas se aplastan por la carga de ropa y nostalgia. Ya “refresca”. Las abuelas salen con rebeca a por el pan y los abuelos, metidos en tabardos viejos, caminan a tres patas hacia el mentidero... los campos yertos, las casas yertas, lumbre en la “hornacha” otra vez. Tras los cristales el “niño cualquiera” ve pasar los recuerdos de cada tarde en cada escondrijo... y llueven “culebrijas” que lo distorsionan todo. Un instante es una mirada tras una gota de lluvia que hace de lupa y agranda otro rincón, otro recuerdo insolente. Más ganas de llorar. De fondo la radio... que no dice nada, porque cualquier cosa es nada desde un barco que se va.
Aquel primer día de verano casi no existió ya, por lo lejano... Era una tarde de esas, que aún parecen de invierno, pero con el guiño pícaro del amarillo de las espigas llenas, que hacen del frío una broma para asustar un poco a los turistas. “Tener pueblo” sonaba a “tener reino” y la frase era repetida a los compañeros de colegio con la gravedad de un conquistador: “yo tengo pueblo, ¿sabes?”.
Por fin llegó. El comienzo del verano era un pueblo casi sin gente, que empieza a barajar lento ropajes de urbe y boinas de abuelos impacientes. Todo en la misma mano, a ritmo de taberna de lugar pequeño. El “niño cualquiera” apenas había dormido la noche anterior a la llegada. Ilusión pura. A primera hora salió con su bici impecable y con cara de ciudad. Todavía no era indio, ni la bici mustang. Todavía blancuzco y frágil, sin heridas ni remiendos... ni amores. Salió como un explorador, escudriñando las casas de sus amigos para ver de cuántos miembros disponía ya “la banda”; también pasó frente a la casa de Ella, para dejarse ver. Parecía la casa de una princesa, siempre con rosas en la repisa de las ventanas...
Cada año era como comenzar de cero otra vez. Los cambios físicos de la “banda” eran tan visibles que al principio costaba un poco familiarizarse con las nuevas estaturas de los componentes, cambios de voz o nuevas tendencias musicales y de atuendo contagiadas por la lejana ciudad. Pero bastaban unos pocos días para que el pueblo impusiera su ley y eclipsara todo lo demás. “Los mayores” se veían en otro plano dimensional, parecían dinosaurios atrapados en movimientos lentos y aburridos. La banda vivía en la calle, la mayor parte del tiempo a lomos de sus mustang, recorriendo vertederos para sacar las canicas de las bocas de las botellas de licor; construyendo casetas en los árboles; recorriendo a hurtadillas casas abandonadas o casi abandonadas; disfrutando con los primeros “tacos”, gritados en voz alta; merendando hortalizas que nunca comerían en la ciudad, recién robadas de alguna huerta, con sabor a tierra; asaltando morales y zarzas, espiando a las bandas más mayores, como queriendo adivinar lo que harían ellos mismos en próximos veranos... Y en el medio Ella, envuelta en ese silencio infranqueable de divinidad. Ella, síntesis del poder de la naturaleza en una niña rubia de ojos glaucos y voz de princesa de cuento. ¡Ella!, ¡Ella!, se repite ese “niño cualquiera” dentro de ese coche cualquiera que se va, como un ataúd que cae... hasta el próximo verano o hasta nunca. ¡Cómo no llorar!, ¡cómo no sufrir!... si apenas le ha hablado, cuando todas las palabras eran para ella. ¡Maldita timidez paralizante!. Un “te quiero” mantenido, secreto y sublime, por lo infantil, inunda el mundo, el coche y la cabeza del niño, haciendo del vehículo un incómodo lugar de encuentro de dimensiones. La madre mira hacia atrás, pero se calla, quizá intuyéndolo todo o recordándolo todo. El indio, el niño, no puede hablar, porque las lágrimas reprimidas se le han enquistado en la garganta transformándosele en algo con forma de nuez...
Un coche más avanza por una carretera infectada de vehículos.
Hoy, no sé muy bien porqué, como casi siempre, escuchando esa balada lluviosa y mágica de los “Guns and Roses”: “November rain”, han resonado en mí aquellos “tiempos de banda y Ella” y he envidiado a los niños que comienzan ahora sus felices “vacaciones de pueblo”... espero que ninguno lea esto y descubra que hubo otros niños enamorados y otras bandas de indios y dejen de sentir como únicas sus experiencias.
Hoy, no sé porqué nada me importa, como antaño; todo me parece lo mismo, las noticias ya me las sé, y hace tanto calor... que necesito entregarme a estos sentimientos para sobrevivir. Quizá por eso me vino todo esto (y más que no cabe)... y aquí encima lo dejo, entre tantos datos, números y demás “cosas importantes”... aun sabiendo que se lo llevará el viento.
sábado, enero 21, 2006
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1 comentario:
preciosidad
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