sábado, enero 21, 2006

Puntos

Cada frase necesita de un punto que la de contorno, límite, cuerpo. De lo contrario, su esencia se disuelve en palabras cada vez más autónomas y dispersas, que inventan sus propios signos de puntuación y perforan el sentido oracional.

Hace unos días, paseando por esa frase enorme que son Las Ramblas, adjetivada hasta el barroquismo, intuía un poema que conjugaba a ésta con la frase de “zapato de domingo” que escribe nuestra Calle Mayor. A falta de columnas que constataran mi movimiento, posé la mirada en una bonita estatua, aparentemente de bronce. Era un varón ataviado al modo decimonónico: sombrero de copa, bastón, bigote y gabán. Una veintena de personas hacían un alto en su garbeo y le contemplaban atónitos. A sus pies, un pequeño cazo pintado del mismo color broncíneo, era el monedero en el que los espectadores más limosneros dejaban su dádiva. Entonces advertí que se trataba de una estatua humana. Nunca había visto una tan perfecta. Tan sólo el repiqueteo de monedas sobre monedas me hacía creíble que tras aquella imagen hubiera un hombre de carne y hueso. No parpadeaba, ni respiraba, ni mostraba indicio alguno de humanidad. Su quietud era absoluta. Al rato percibí cómo el estatismo se había apoderado de la movilidad de los viandantes hasta convertirles también a ellos en estatuas humanas. Parecían haber encontrado el sosiego después de una frase leída sin aire. De fondo Barcelona. De fondo todas las ciudades a la vez, como frases sucediéndose sin puntos... entrando a raudales en cada “yo”.

Sumido en el ensimismamiento recordé el extraordinario cuento de Julio Cortázar, “El Axolotl”, en el que a través de la contemplación de un extraño pez (un axolotl), un hombre se convierte en axolotl. Quizá algunas de aquellas almas expectantes transmigraran también a aquel pensamiento de estatua y se observaran a sí mismas desde la calma. Yo lo hice y reí de mí y de mi absurdo (¡me imaginaba más alto y apuesto...!). Desde aquellos ojos de pez y de estatua miré al grupo. Los humanos se veían feos. La carne se mezclaba con el plástico de sus móviles, con los cristales de sus gafas y el metal de sus abalorios ... haciendo de ellos (de nosotros) seres extraños. Se me antojaba una especie a medio hacer, como un anfibio en que se confunden patas y aletas, como una foca, como un renacuajo, a caballo entre el agua y la tierra, como un eslabón entre lo simiesco y lo androide.

Cuando Pascal afirmaba que toda la desdicha de los hombres viene de no saber permanecer en reposo en una habitación, estaba apuntando al temor de enfrentarnos con ese “anfibio” incómodo de mirar que somos... con nuestra propia lectura. Para compensarlo nos empeñamos en la búsqueda de distracciones continuas que nos mantengan constantemente entretenidos: movimiento acelerado. Máquinas, hambre, risa, política, dinero, terrorismo, moda, coches, una hora, un minuto, un segundo, un fax... todo se sucede a tal velocidad que a duras penas puede asimilarse sin perder la noble capacidad humana del raciocinio. La consecuencia es la fatiga. La fatiga lleva a la resignación y la resignación desemboca en esa risa sin goce, medio de uno, medio de nadie, que hace sentirse objeto de una burla universal: el absurdo. Puedo admitir la absurdidad como filosofía, o como soporte inexplicable e ineludible de nuestra existencia, pero sólo como consecuencia de una reflexión previa que justifique tal conclusión. Entregarse a aforismos típicos sin más, sin un proceso de interiorización que lo corrobore, es hablar sin la “puntuación” debida.

Ante esta vida acelerada está la posibilidad de descanso en uno mismo referida por Ortega. Pero esta lectura pausada de uno mismo requiere un esfuerzo personal: una “pausa de habitación, folio en blanco y soledad” donde establecer los signos de puntuación necesarios para dar sentido (o algún sentido respetable) al torrente externo que nos anega y anula. Sólo así será posible generar un criterio propio que nos permita sentir la verdadera libertad: soportarnos a solas.

Pasados unos minutos la estatua (que había sido punto), se movió y nos hizo mover a todos. Resultaba obscena su humanidad. Después bebió agua y relajó el rostro con muecas compulsivas... mostrando también su absurdo e iniciando una nueva frase.

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